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Mis crónicas del Nilo 2

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Crónica 2

Cuando te encuentras junto a las pirámides, crees estar en un sueño, en un reportaje del National Geographic, o en cualquiera de los libros de texto en los que las estudiamos. Son magníficas, orgullosas, ni la polución que las envuelve puede con ellas. Es inevitable quedar con la boca abierta, transportarte a aquella época e imaginarte a los obreros cargando las terribles piedras calizas.

Dentro de la pirámide

En un principio íbamos a entrar a la más grande de todas, pero nuestro ángel travieso, Abdallah, nos aconsejó hacerlo en la más pequeña.  Inmediatamente supimos por qué nos lo aconsejó. La bajada era horrible, una rampa resbaladiza, cubierta con palos de madera a modo de freno, nos esperaba. Tuvimos que agacharnos casi hasta  la altura del ombligo, tener cuidado de no hacer la bajada rodando y sonreír ante las fotos que el señor que nos acompañaba se empeñó en hacernos con el móvil.

Supuestamente no se podía inmortalizar ningún rincón del interior de Micerino. Pero era una de las muchas trolas que nos fueron contando a lo largo del viaje para sacarnos euros, euros, dubidú (en este caso, libras, libras, pípirí). Para que os hagáis una idea, mi forma física es cómo la de Jessica Fletcher tras comerse una fabada. Llegué a las entrañas de la pirámide sudando, con la espalda tronchada y flojera en las piernas. Mereció la pena sin duda, más que por lo que ves, por lo que sientes estando allí.

La anécdota de Napoleón

Cuenta la leyenda, que Napoleón quiso pasar una noche entera en el interior de la de Keops. En aquella época, estaba llena de heces de animales, tesoros, pestilencia, y su bajada debía ser mil veces más dificultosa. Él quiso hacerlo, nunca dijo la razón. Cuando le preguntaron si había presenciado algún prodigio aquella velada, respondió: “si os lo contase jamás me creeríais”. Para mí que se encontró con un egipcio que le pedía propina por pintarle un retrato junto a la momia desaparecida de Keops.

Sin embargo, el momento que me reportó más emoción, fue cuando pude ver a mi amada esfinge ¡¡¡qué bella es!!! Aunque no te puedes acercar demasiado a ella ni rodearla…lo cual es un pecado una vez que has llegado hasta sus pies, hay que conformarse con lo que te dejan hacer. Después de aquel momento de éxtasis, nos dirigimos a la fábrica de papiros y a la ciudadela… ¿qué fue lo que ocurrió allí?…La próxima semana lo descubriréis.

Susana en Mis crónicas del Nilo 2, un reportaje de MICINEXIN

Susana Alba Montalbano - Escritora y articulista en gabinetedepsicologia.com. Amo el arte, los artistas y que me leas tú.

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