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Crónicas del Nilo 6

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La grandeza de Abu Simbel

Levantarse a las 3 de la mañana para visitar Abu Simbel, no tendría que significar un gran esfuerzo si no fuese por todo el cansancio que llevaba acumulado. Allí se encuentran dos templos maravillosos, construidos por el gran Ramsés II. Uno para él y otro para su esposa, algo inédito para la época. Y es que Ramsés II estaba perdidamente enamorado de Nefertari, y se lo quiso demostrar así…ya no quedan hombres como aquellos…

El viaje en autobús duró unas tres horas, aproveché para dormir y soltar ronquidos. De vez en cuando, desenroscaba los párpados para contemplar el paisaje árido del desierto. Nos encontrábamos con algunas casitas, me pregunto de qué vivirán las familias que habitan en ellas.

Tal como esperaba, Abu Simbel es impresionante. Ves aparecer  el templo de Ramsés II, en todo su esplendor, y parece que el tiempo se detiene. Suena música en tu cabeza, te parece estar viendo a una muchedumbre enfervorizada aclamar a su faraón. Y Ramsés el grande apareciendo, serio y con la cabeza alta. Tu imaginación vuela en aquellas tierras, no la puedes detener

La presa Nasser es absolutamente magnifica, no puede haber un marco mejor para Abu Simbel. El cansancio desaparece repentinamente, y solo quieres disfrutar de las vistas durante horas.  Por cierto, supuestamente no se pueden hacer fotos dentro del templo…claro que si llegas a un acuerdo con el vigilante no habrá problema. Yo preferí que se siga conservando el lugar por muchos más siglos, a hacer una estúpida foto dentro del templo y contribuir con su deterioro.

Beso en el Nilo

Tras esta divina excursión volvimos al barco. Estaba realmente agotada y solo deseaba dormir, pero entonces la nave se puso en marcha, mostrándome la belleza del Nilo como no la había visto antes. Corrí las cortinas del ventanal del camarote y disfrute de las vistas con la boca abierta. ¡¡Era de un esplendor inenarrable!!

Cuando llegamos a la altura de la inclusa, aparecieron cientos de vendedores ofreciéndonos todo tipo de productos a los turistas. Cara a cara, con el cristal separándonos, me encontré con uno de ellos que me ofrecía un mantel. Le dije que no con la cabeza, entonces vocalizó la palabra española. Debemos tener una cara especial, porque los tíos lo saben en cuanto te echan el ojo. Asentí, y mientras su barquita se alejaba me mando un bonito beso con la mano. Fue de las cosas más dulces que me sucedieron en Egipto, y dicho beso lo guardo en mi corazón con celo. Un precioso regalo.

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Susana Alba Montalbano - Escritora y articulista en gabinetedepsicologia.com. Amo el arte, los artistas y que me leas tú.

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