Cuéntame un cuento

La vida de nadie

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Se llamaba Bruno y tenía miedo a salir a la calle. Era consciente de que sólo debía romper la ventana del salón para abrirla a posteriori desde dentro de la casa, saltar luego sin red y confiar en que aquella era la mejor decisión que podía tomar. Pero sentía un peso inquietante a la altura del pecho que le retenía en esa casa donde había vivido los primeros diecisiete años de su vida, ¿Qué pasaría si se equivocaba? Seguramente era vil traicionar a su mejor amigo de aquella manera, sobre todo teniendo en cuenta las veces que se había sacrificado por atenderlo, pero si estaba en lo cierto también era vil y rastrero lo que él llevaba haciendo durante tres lustros. Volvió a dudar. Claudio le había pedido una única cosa durante ese tiempo y era que no saliese de la casa. Desde niño le había explicado que lo hacía por su bien, y para justificar el argumento cada semana le traía varios periódicos con noticias sobre lo que ocurría fuera de aquellas cuatro paredes. Guerras, asesinatos, violencia, tortura, maltratos, miseria, discriminaciones, odio, fanatismos, corruptelas, abusos de poder y un largo etcétera convertían el planeta que los rodeaba a Claudio y a él era un cúmulo de atrocidades que nadie parecía dispuesto a detener, ni siquiera quienes aseguraban ser ajenos a ellas. Así que desde niño había pensado que en casa de su mentor viviría mucho más seguro que si salía de ella. Entre aquellas paredes tenía cama, comida, techo y afecto, todo lo cual le parecía, junto a la amistad de Claudio, lo único que necesitaba para ser feliz.

Pero desde la noche en que había leído la entrevista a sus padres biológicos entre las páginas de uno de los periódicos que le traía su mentor, la cabeza de Bruno ya no funcionaba de la misma manera. Había identificado a sus padres gracias a una fotografía suya que sostenían entre las manos mientras los entrevistaban. Desde que tenía uso de razón en su cuarto siempre había habido un retrato que Claudio le había hecho a los dos años y medio, y que era la primera imagen suya de la que tenía constancia. Pero la que salía en el diario era anterior, y constatarlo le había impactado. En realidad todo el asunto le parecía confuso y angustiante. Claudio siempre le había contado que sus progenitores eran dos drogadictos que lo despreciaban, así que Bruno había crecido con la seguridad de que era una suerte que aquel hombre tan lúcido lo hubiera arrancado de una familia hostil y de un mundo corrompido. Sin embargo la fotografía del matrimonio que ilustraba la entrevista no tenía nada que ver con las personas que Bruno había imaginado que eran sus padres: ella alta y erguida, pero de expresión afable y mirada vehemente; él un hombre de rostro redondo y sonrisa triste, con el pelo negro azabache, poseedor de un semblante tranquilo.

Pero aún le llamó más la atención la manera en que se expresaban. El hombre narraba como cada año celebraban a solas el cumpleaños de su hijo, mientras que la mujer explicaba que algunas amistades les habían aconsejado que asumieran la pérdida de su hijo y tuvieran otro bebé, algo que a ellos les parecía casi insultante porque lo que deseaban no era substituir al niño que les habían raptado sino recuperarlo. En un momento de la entrevista ambos se habían referido a él como “nuestro Félix”, y Bruno había comprendido enseguida que aquel debía de ser el nombre con que su familia biológica lo había inscrito al nacer. No tenía ni idea de que la forma en que Claudio lo llamaba no correspondía a su primera identidad, pero a pesar del impacto inicial de tamaña revelación había otros detalles que perturbaban tanto o más la paz de Bruno.

Acceder a la entrevista de aquellos dos desconocidos hablando de dolor e impotencia, de noches en vela, sufrimiento compartido y esperanzas de reencuentro le había conmovido hasta el borde de las lágrimas. Casi podía sentir la seguridad con que afirmaban ambos que nunca pensaban dejar de buscarlo, porque sólo volverían a sentirse completos el día que dieran con él. Enseguida tuvo la certeza de que eran buenas personas. Pero entonces ¿Qué sentido tenía todo lo que le había contado Claudio?

Aquel matrimonio eran sus padres y decían quererlo aunque no lo conocieran. Bruno no sabía cómo podía ocurrir algo así. Él sólo amaba a Claudio, y ese cariño era fruto de los miles de buenos recuerdos que habían compartido durante años. No imaginaba cuán profundo podía ser el sentimiento de querer a alguien sin que el ser amado hubiera hecho nada por ganarse el afecto. Ni siquiera estaba seguro de que algo así fuese posible, pero sentía curiosidad. Desde la noche en que había leído la entrevista de sus padres biológicos se había abierto un mundo de sensaciones dormidas delante de él.

Llevaba semanas preguntándose si era mejor continuar viviendo como hasta entonces o traicionar a la persona que se lo había dado todo en la vida. Sabía que si escapaba de la casa para buscar ayuda y luego se arrepentía ya no habría marcha atrás, nunca nada volvería a ser como antes de huir. Pero si se quedaba allí la duda que ya había brotado en su mente continuaría angustiándole día tras día. Cada vez le parecía más evidente que Claudio lo había engañado sobre sus padres, y esa certeza le provocaba un rencor que no quería sentir. El hombre que tantas veces le había pedido que confiara en él llevaba mintiéndole desde la infancia. Y por si fuera poco, resultaba que aquel matrimonio cargaba sobre los hombros una mochila llena de lastres que nunca habían requerido. Claudio se la había colocado sin pedir permiso. El cariñoso, amable, culto, inteligente, comprensivo, dulce y vulnerable de Claudio. Ese que tantas veces le había hablado de la bondad, la justicia y el respeto como si para él fueran los más altos conceptos que podían existir. El mismo que se quejaba con amargura de la falta de empatía que afectaba a la humanidad. Estaba claro que no lo conocía en absoluto.

Sólo tenía que agarrar cualquier objeto y romper la ventana, sólo eso, y luego correr sin pensar en nada más. Empezó a buscar a su alrededor. Le vino a la mente una figura de yeso que había sobre el mármol del recibidor. Se dirigió hacia allí. Una hora más tarde cuando el dueño de la casa volviera él se habría ido para siempre. Jamás confesaría quién lo había secuestrado de niño ni dónde lo había retenido, porque no quería que Claudio terminara en la cárcel. Pero si de algo estaba seguro era de que a partir de ese día comprobaría las cosas por sí mismo antes de confiar en nadie. La rabia le quemaba en el estómago al pensar en los embustes que quien decía ser su alma gemela le había contado. Llegó al recibidor y cogió la estatua de yeso. Le pareció más dura aún que cuando jugaba con ella en la infancia. Las manos le ardían. Ya sólo tenía que volver a la sala.

Cuarenta y cinco minutos más tarde, cuando Claudio volvió a casa, se encontró a Bruno llorando en el suelo, con una hoja de periódico entre las manos. El joven lo miró durante un buen rato sin dejar de sollozar, hasta que se levantó, se acercó a él y le dio un abrazo. Sólo entonces Claudio se dio cuenta de que había pedazos de yeso rotos a varios metros de él y comprendió que se trataba de la figura que tenía en el recibidor. Era como si alguien la hubiera lanzado contra la pared. Bruno continuaba aferrado a él. Sin entender qué ocurría, lo apartó con suavidad y le rogó que se calmara. El adolescente, aún entre hipidos, le pidió perdón por lo que había estado a punto de hacer…

Autora: Stefany Estévez

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