Cuéntame un cuento

Grandes Almacenes Mazarino

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Capítulo I

Un nuevo trabajo

Nunca había trabajado de vigilante de seguridad. De hecho, ni siquiera doy el perfil. No soy muy alta ni estoy demasiado en forma. Sin embargo, mi amigo Roberto consiguió que me aceptaran en su empresa para suplirlo durante el mes de diciembre. Aunque tenía mis dudas, no me podía permitir el lujo de rechazar el trabajo, así que tras convencerme a mí misma de que podía hacerlo, me dispuse a pasar mi primera noche en los Grandes Almacenes Mazarino.

Mazarino era uno de los mejores lugares de nuestra pequeña ciudad, había comprado ropa para mí y mi hija allí miles de veces. Se me hizo raro verlo tan oscuro y solitario. Sin el bullicio del público, y con los maniquíes en posiciones extravagantes, se me antojaba un lugar sombrío y siniestro.  El local contaba con tres plantas: ropa de mujer, hombre y niños. Debía visitarlas varias veces durante la noche para asegurarme de que no había intrusos. Últimamente se habían colado vagabundos para guarecerse del crudo frío que atenazaba la ciudad en aquellos días prenavideños. Para defenderme por si los intrusos se ponían violentos, me habían equipado con un pito y una porra…así cualquiera se siente seguro.

Roberto me garantizó que él pasaba unas noches muy tranquilas en Mazarino. Había conseguido que dejaran de colarse los mendigos, y me juró entre risotadas, que tras la ronda por las tres plantas se echaba unos sueñecitos importantes. Decidí creerle, pero algo me decía que me estaba mintiendo…y pronto averiguaría que yo tenía razón.

Malos augurios

Recuerdo, que antes de ir la primera noche a Mazarino, me sentí muy intranquila mientras realizaba mis quehaceres cotidianos. Me perseguía la extraña sensación de encontrarme en peligro. Lo achaqué a los nervios de iniciarme en un trabajo para el que no me sentía demasiado preparada, e intenté continuar con mi rutina diaria. Llevé a mi hija de 12 años con mi tía, quien se encargaría de ella durante el tiempo que realizase la suplencia, y cogí el autobús que me dejaba en la misma puerta de los grandes almacenes.

Dentro esperaba mi jefe con una preocupante expresión de cansancio. Me explicó todo lo que debía hacer e indicó los números a los que llamar en caso de encontrarme en problemas. Tras estrecharme la mano con desánimo, me deseó buena suerte antes de marcharse. Recuerdo lo terriblemente desamparada que me sentí cuando cerré las puerta del Mazarino. Era capaz de sentir el peligro con una intensidad inusitada, parecía cómo si alguien se hubiese introducido dentro de mí e intentase avisarme de que algo andaba mal. Era medianoche, asomé la nariz por una de las ventanas de mi pequeño despacho. No había alma alguna en la calle, aquel frío polar invitaba a quedarse en casa calentito y leyendo un buen libro.

Bebí un poco de café que me había traído en un termo, y me dispuse a realizar mi ronda por las tres plantas. Estaban todas las luces apagadas. Encendí la linterna y subí al tercer piso. Era la planta para hombres. Los maniquíes son verdaderamente siniestros entre penumbras, también es cierto que yo estaba muerta de miedo, así que no fue difícil que en más de una ocasión me llevase un gran sobresalto imaginando ver el movimiento de un brazo o el girar de alguna cabeza. No hubo ningún contratiempo, ni encontré a nadie guarecido en los armarios o probadores, así que me fui a mi pequeño despacho a pasar mi primera noche lo menos tensa posible.

¿Soledad?

Conecté una pequeña radio que había encontrado en un cajón, sin duda debía ser de Roberto, estaba sintonizada en un programa de deportes nocturnos. Lo escuché mientras ojeaba una revista, realmente el contenido del programa me era indiferente, solo quería oír voces de fondo para sentirme más acompañada.

De repente, escuché una voz cavernosa en la radio que decía: “¿Sabes que no estás sola?”  Sentí  tal terror que derramé el café sobre mi pierna, me abrasé y fui corriendo al pequeño cuarto de baño que había en mi claustrofóbico despacho. Mientras intentaba calmar el quemazón de la piel con una toalla empapada en agua fría, sentí una respiración acelerada detrás de mí. Notaba cómo el aire cargado que salía de sus fosas nasales rebotaba en mi nuca, y durante unos instantes no se me ocurrió idea más brillante que fingirme piedra. No moví un músculo temerosa de ser atacada en cuanto hiciese un paso en falso… (continuará)

Autora: Margarita Del Molino

 

Susana Alba Montalbano - Escritora y articulista en gabinetedepsicologia.com. Amo el arte, los artistas y que me leas tú.

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