Cuéntame un cuento

Grandes Almacenes Mazarino

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Cap.II

Locura

A cada instante que pasaba, más cerca de mí sentía su respiración. Era el aliento fétido de alguien a quien le gustaba el vino barato. Casi me quemaba. Juro que por unos segundos fui incapaz de realizar movimiento alguno. En mi vida me había invadido una sensación de terror tan intensa. De pronto pensé en mi hija, y su preciosa sonrisa inocente me otorgó del coraje suficiente para girarme bruscamente y blandir la porra como si de la Tizona se tratase.

  • ¡¡¡¡Aaaaah!!!- grité dispuesta a todo.

Sin embargo, en aquel minúsculo cuarto de baño no se encontraba nadie más. Miré por todos los lados, en el despachito también, e hice una pequeña ronda por la primera planta. Nada de nada. El dueño de aquel pestilente aliento se había esfumado completamente…o quizás nunca existió.  Aún con el miedo y la duda en el cuerpo, volví a mi minúsculo despacho para intentar relajarme. Tras limpiar lo mejor que pude el café derramado me senté. Miré con reticencia la radio, lo podría jurar una vez, incluso mil. Estaba segura de haber escuchado una voz cavernosa que me advertía de mi falta de soledad en ese momento. Obviamente debía de haber sido un desvarío de mi mente fruto del estrés e imaginación. Prefería pensar eso a creer que padecía algún tipo de enfermedad mental o que, efectivamente, había alguien más conmigo.

Un silbido en la noche…

El escandaloso timbre de mi móvil me sobresaltó. Era mi tía.

  • ¿Va todo bien?- Contesté sin saludarla.
  • Sí mujer, sí. La niña ya está dormida. Sólo quería charlar un ratito contigo.
  • Perdona que haya sido tan brusca – dije tras un hondo suspiro- es que estar aquí sola me crispa los nervios.
  • Ya lo sé cariño, tienes que intentar distraerte todo lo que puedas para que pase pronto la noche.

De pronto oí una especie de silbido. No sabía si venía de casa de mi tía o de mi entorno.

  • ¿Has silbado tú tía?- pregunté volviendo a sentir la terrible inquietud de minutos antes.
  • ¿Qué? Pero mujer, cómo me voy a poner a silbar…
  • ¿No has oído nada?…
  • …No… ¿estás bien?
  • Sí, sí, eran unos críos haciendo el tonto en la calle- le mentí.
  • ¡Ah! Ya, siempre hay pesados a estas horas. Te dejo, cariño, mañana nos vemos.

En cuanto terminé de hablar fui rápidamente a asomarme a la ventana que había en el habitáculo, en la calle no se veía ni un alma. Volví a mi asiento con el desconcierto en el rostro y el temor en el cuerpo. Como había descartado la radio como distracción, decidí ver algunos videos en mi móvil.  Opté por series de humor, de esas que no te hacen pensar y te relajan sin más pretensiones. Tan bien hizo su trabajo la sitcom, que conseguí quedarme dormida.

No es muy elegante decirlo, pero sospecho que habría continuado en brazos de Morfeo hasta la hora de irme si no hubiera escuchado una vez más aquel exasperante silbido. Abrí los ojos de golpe y me puse en pie. El siniestro silbido continuaba, entonaba una espeluznante melodía que me hizo estremecer. Estaba convencida de que su autor se encontraba entre unos maniquíes que había al fondo de la planta donde me encontraba, de hecho me había parecido ver el extraño brillo de unos ojos cuando miré en aquella dirección presa del miedo.

Unos ojos en la oscuridad

No me quedaba más remedio que agarrar fuerte la estúpida porra que me habían dado para defenderme y dirigirme hacia los ojos brillantes. Creo que nunca antes en mi vida sentí tanto pánico. A cada paso que daba me temblaban más las piernas, la boca seca como la estraza y el corazón latiendo con tal fuerza que comenzó a preocuparme. Los ojos del intruso brillaban cada vez con más intensidad, podría jurar que cambiaban de color según me iba aproximando, del blanco del inicio iba cambiando al ámbar y después al rojo . No resultaban normales, más bien parecía la mirada de un gigantesco felino agazapado en la oscuridad. Comencé a sudar copiosamente, unas gotas traidoras se introdujeron en mis ojos obligándome a cerrarlos y limpiármelos rápidamente con el puño de la camisa. Cuando los abrí, la mirada misteriosa se había apagado. Entonces me llamaron al teléfono fijo. Fui corriendo al despachito, ya me había advertido mi amigo que de vez en cuando lo harían desde la central para comprobar que no pasaba la noche durmiendo a pierna suelta.

  • ¿Dígame?- dije sin poder evitar que la voz me temblase.

Tras un pequeño silencio, oí una inquietante risa lejana  y nuevamente me estremecí con el mismo silbido. Una melodía siniestra, que me helaba la sangre.

-¡¡Socorro!!- Escuché de pronto desde la calle- ¡¡Ayuda!!

Colgué el teléfono y corrí a asomarme por la ventana buscando el autor de la petición de auxilio. En la esquina de una de las calles pude ver a un hombre sentado en el suelo, se sujetaba uno de los brazos y gruñía de dolor.

  • ¡Señor, voy a llamar a una ambulancia. No se preocupe!- Le grité. Agité los brazos para que pudiese verme bien y tranquilizarle.

Entonces me volvieron a llamar al teléfono fijo. Lo miré con cierta aprensión, pero los gemidos de aquel hombre me infundieron valor y contesté rápidamente. Necesitaba liberarme cuanto antes de aquella llamada para poder socorrerlo. Descolgué, no dije nada esperando respuesta del interlocutor.

  • …Déjale morir…- susurró una desagradable voz al otro lado- …¡Déjale moriiiiiiir!

Colgué acongojada y fui corriendo hacia la ventana. El herido estaba inmóvil, apenas emitía sonido alguno. Estaba claro que la vida se le escapaba por segundos. Sin darme tiempo a pensar en nada, llamé a los servicios de emergencia y me dispuse a acompañar a aquel hombre mientras llegaban. Mientras me ponía el abrigo sonó un mensaje en mi móvil, era un número desconocido. Lo abrí, y pude leer: “No vayas. Déjale morir”…

Autora: Margarita Del Molino

 

Susana Alba Montalbano - Escritora y articulista en gabinetedepsicologia.com. Amo el arte, los artistas y que me leas tú.

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