Cuéntame un cuento

Una brillante armadura

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Desde hacía tiempo, un sueño recurrente me visitaba puntualmente cada madrugada. En él, me encontraba encerrada en una fría mazmorra donde las ratas y las arañas danzaban a mí alrededor en busca de alimento. De repente, de lo alto del mugriento techo destellaba una cegadora luz que crecía según bajaba hacia mi. Ésta espantaba a las alimañas, y yo permanecía inmóvil. Esperando que por fin la muerte me librase de aquel martirio. Sin embargo, la alargada figura de un caballero con armadura de cobre, se fue formando ante mis ojos de forma prodigiosa. Caballero con espada semejante a Excalibur, cabellos largos que flotaban como si estuviese sumergido en el agua, y rostro oculto tras la magnífica luz. La cual había comenzado a menguar de tamaño…pero no en esplendor.

Recuerdo que portaba la Excalibur en la izquierda, para poder ofrecerme la mano derecha a modo de ayuda. Era una mano fina, hermosa y deseé tocarla de todo mi corazón. Con las pocas fuerzas que me quedaban alcé la mía. Intenté levantarme, pero las ratas, y otros seres oscuros que no reconocí, tiraban de mis harapos para evitar que el caballero me ayudase. Hinqué mis debilitadas rodillas en el sucio y pedregoso suelo, intentando así conseguir un punto de apoyo para poder erguirme más. A penas conseguí moverme, las pequeñas bestias tiraban con fuerza, y mi caballero Salvador parecía no poder bajar ni un centímetro más. Quise intentar mirarle la cara, la luz continuaba haciéndola anónima para mis ojos. Deseaba contemplar la mirada de mi redentor para que me diera fuerzas.

En un instante en el que sentí menos furor en las alimañas, impulsé mi cuerpo con tal vigor que conseguir agarrar su mano. El caballero vibró al sentirme. Con determinación, fue llevándome hacia la luz que le ocultaba la faz. Curiosamente no me deslumbraba, aunque no podía evitar llorar al sentirme libre de aquel tormento. Pude oír a las pequeñas bestias del suelo gruñir desesperadas ante mi marcha.

Cuando alcancé la luz, se fue disipando lentamente. La mano de mi caballero me sostenía, y yo no temía ya nada. Sin embargo, me esperaba una sorpresa tal, que casi me hizo caer del sobresalto. Al irse la luz, un rostro con expresión bondadosa y amorosa me miraba. Sus ojos clavados en los míos, sin parpadear. Era mi caballero andante…era yo reflejada en un espejo. Sin saber que hacer, simplemente me abracé a aquella armadura y la hice mía. En ese instante mis pies se posaron en el frío suelo de la mazmorra, y con mi Excalibur arrasé con ratas, arañas, demonios y puertas. Salí de mi oscuridad, brillando como nunca jamás lo hice.

Y ese fue mi sueño recurrente…si es que fue un sueño.


Susana Alba Montalbano - Escritora y articulista en gabinetedepsicologia.com. Amo el arte, los artistas y que me leas tú.

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