Soy leyenda...

Montgomery Clift, un hombre atormentado

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Montgomery Clift nació un 17 de octubre de 1920 en Nebraska. Su madre, Ethel, fue el fruto de una relación furtiva entre dos jóvenes de familias ricachonas. Decidieron que la niña fuese adoptada y fingir que aquello no había sucedido. Con el tiempo Ethel acabó descubriendo su origen. Desde ese momento, su única lucha fue conseguir ser reconocida por su familia biológica. Montgomery tenía un hermano mayor y una hermana melliza. La madre solo se preocupó de prepararles para ser miembros de la alta sociedad, así que no escatimó en gastos a la hora de darles una buena educación. Sin embargo, se olvidó de ser una madre cariñosa y atenta. Esta falta de amor maternal marcó a Montgómery de por vida.

Clift se sintió muy pronto atraído por la interpretación. Poseía un gran talento, y además, para él significaba una especie de refugio que le hacía olvidar todas sus carencias. Su madre, como era de imaginar, se opuso a que fuese actor. No importó nada. Él lo tenía muy claro y no existía fuerza en el mundo capaz de detenerle. 

Se crió haciendo teatro

Con 13 años debuta en Broadway, y tras diez años de exitosa carrera teatral da el salto al cine. En 1948 protagoniza “Río Rojo” de Howard Hawks junto a John Wayne y convence tanto a crítica como a público. Ese mismo año, vendría su primera nominación al Oscar con “Los ángeles perdidos” de Zinnemann. Sería nominado en otras tres ocasiones, con “Un lugar en el sol” (1952, Stevens), “ De aquí a la eternidad” (1954, Zinnerman) y “Los juicios de Nuremberg” (1961, Kramer). Clift revolucionó Hollywood con aquel lánguido físico de galán del XIX y su sensibilidad a la hora de interpretar los personajes. Enamoraba tanto a hombres como a mujeres, los cuales soñaban con robarle una mirada a aquellos ojos verdes tan tristes.

Montgomery Clift

A pesar de la fama y el éxito, Monty era un hombre tremendamente infeliz. No aceptaba su homosexualidad, ni tampoco disfrutaba con los baños de popularidad que tanto engordaban el ego de las estrellas de la época. Se sentía muy desgraciado, solo le consolaba el alcohol y los calmantes cuando no actuaba. Prefería estar solo. Sin embargo, una noche su gran amiga Liz Taylor daba una fiesta y consiguió convencerle para que fuese.

Lamentablemente, al finalizar el evento el actor acabó borracho y cogiendo el coche. Terminó empotrado contra un poste telefónico con el rostro destrozado y dos dientes en la garganta, que Liz Taylor tuvo que sacar para evitar que muriese ahogado cuando acudió en su ayuda. Ella se encargó de protegerlo de la prensa hasta que su rostro pudo ser reconstruido. No quedó mal… pero tampoco volvió a lucir aquella dulce belleza con la que fue conocido. Si antes del accidente Clift tenía un carácter autodestructivo, ahora lo multiplicaría por mil. No soportaba su nueva imagen y quitó todos los espejos de su casa. 

Terminó el film que estaba rodando antes del accidente, “El árbol de la vida”(1957, Dmytryk), y continúo haciendo títulos tan interesantes como “Vidas rebeldes” (1960, Huston), “De repente, el último verano” (1959, Dmytryk), “Vencedores o vencidos” (1961, Kramer) y “Freud” (1962, Huston). Seguían contando con él aunque para los directores fuera una tortura trabajar a su lado. No solo a veces se ausentaba del trabajo, sino que cada vez le costaba más recordar sus líneas.

La Universal lo demandó por sus contínuas faltas al trabajo en “Freud”, afortunadamente la película fue todo un éxito y eso calmó a los estudios. Acabó con la paciencia de Mankiewicz en “De repente…”, y cuenta la leyenda que el director trató tan mal al actor, que al terminar el rodaje la propia Katharine Hepburn escupió en la cara al director asqueada de presenciar aquello. Kramer fue mucho más comprensivo cuando se recrearon los juicios de Nuremberg. Clift solo aparecía en una secuencia durante siete minutos y no lograba decir bien su guión. Finalmente, el director le dijo que se limitase a improvisar ante las preguntas del abogado y fiscal. La confusión que mostraba el actor beneficiaba al personaje, así que clavó la escena y terminó siendo nominado al Oscar solo por aquella pequeña intervención.

Años difíciles para el amor…

Montgomery Clift era considerada una estrella solitaria e incluso huraña. No acudía a fiestas ni grandes eventos. Tampoco se le veía pasear por las calles de Hollywood junto a ninguna mujer, así que los periodistas comenzaron a preguntarle al respecto. Él siempre decía que le encantaban las mujeres, pero que se sentía mucho más feliz estando solo. 

Su homosexualidad era conocida por muchos y sospechada por otros. Clift mantuvo diferentes relaciones de una manera discretísima. Una de sus parejas fue el también actor Roddy McDowall, el cual intentó suicidarse cuando fue abandonado por Montgomery. Fueron años difíciles para la diversidad. Los homosexuales no podían disfrutar de su amor libremente, y además Clift no se aceptaba.

Odiaba ser como era, pero tampoco podía evitarlo. Se sentía atrapado y esto provocaba que bebiese sin control como forma de evadirse de la realidad. El propio Marlon Brando le aconsejó que se cuidara al ver su manera de ingerir alcohol cuando trabajaron juntos en la horrenda “Danzad, danzad, malditos”. Incluso Marilyn Monroe llegó a decir que Clift era la única persona que conocía en peor estado que ella. En 1966, moriría Montgomery Clift con tan solo 45 años. Se dice, que su vida fue en realidad el suicidio más largo de la historia. 

Montgomery Clift

Susana Alba Montalbano - Escritora y articulista en psicologodecabecera.com. Amo el arte, los artistas y que me leas tú.

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