Círculo Rojo

Luna Park

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Luna Park (Луна-парк – Pavel Lungin, 1992).

Andrei Leonov es un joven ruso, nacionalista y antisemita, líder de una banda callejera (los Limpiadores) que tiene su base de operaciones en el Parque Luna de Moscú. Un día descubre que su padre es judío, lo que hará que se rompan todos sus esquemas.

Fotograma de Luna Park - MiCinexin

El cine ruso inmediatamente posterior a la caída de la Unión Soviética nos ofrece películas muy interesantes, con una temática surgidadirectamente de la Perestroika y de la Glasnost. En el caso de «Luna Park», el discurso es casi profético, poniendo encima de la mesa y denunciando el retorno (o el posible retorno) de problemas hace tiempo superados en Rusia, como es el de las nacionalidades, y actitudes asquerosas como el racismo y la homofobia.

El director Pavel Lungin nos muestra todo ello con una crudeza bastante extraña: la violencia es aparente, por momentos infantil, los personajes se empujan y se insultan, pero no llegan a mucho más. En una escena, el protagonista es arrojado por una ventana sin mayores consecuencias; la cámara le deja en el suelo y gira mostrándonos una hermosa estampa de Moscú al atardecer. El retrato de la ciudad roza la cultura post-holocáustica: bandas rivales que recuerdan a Mad Max, y caminatas callejeras típicas de una Mega-City del Juez Dredd o del Nivel 30 de RanXerox. Todo se ha venido abajo.

En medio de este caos pulula de un lado a otro el muchacho protagonista, encarnado por el actor Andrei Gutin. No es un antihéroe, es sencillamente despreciable. Entra por una ventana a una casa decorada al estilo clásico. Deambula por los pasillos, habitaciones llenas de gente, busca en los cajones, roba una fotografía. Sale del piso, da media vuelta y, ahora sí, llama a la puerta. No sabe hacer las cosas de manera normal. Entre una cosa y otra, pasa su tiempo montado impasible en la montaña rusa, quizás el único lugar donde le vemos tranquilo, pensando. En la fábrica de su tía se hace dos cortes en el brazo simplemente para mostrar su sangre. Después, baja las escaleras del metro mientras le quita sin miramientos una bolsa de plástico a un viandante. Ahora es suya. Ya en el vagón se sienta en el suelo y vacía el contenido de la bolsa. Son huevos, otro pasajero se queda con uno. Andrei se ata la bolsa en el brazo para contener la sangre, rompe un huevo y sorbe su contenido. Coge lo que necesita, come y bebe lo que puede, cuando puede, dependiendo del día. En Rusia ya no hay planificación.

 

El hecho de que el muchacho y sus camaradas sean musculosos ha dado pie a que la película se encuentre en algunas antologías de cine relacionado con la cultura gay. Es muy probable que el director lo hubiese planeado así, como una contradicción política (una de tantas) dentro de esa ideología que se dio en llamar «tercera posición». Por otro lado, la película pertenece a un subgénero llamado «chernukha», algo así como «contenido negro».

Lungin maneja la cámara con destreza, de manera original, no nos recuerda a películas ya vistas. La fotografía es especial, mecánica, contraluces a base de bombillas que parecen estar ahí para recordarnos la importancia histórica de la electricidad en Rusia; en cualquier momento pueden apagarse. La deliciosa música ganó un premio Nika. Está compuesta por Isaak Schwarz, histórico compositor («Dersu Uzala») que llegó a dirigir una de las secciones del Coro del Ejército Rojo durante la Segunda Guerra Mundial. Quizás el film carece de homogeneidad, rompiéndose en dos mitades técnicamente diferentes que marcan el antes y el después en que padre e hijo se conocen. O quizás, de nuevo, estaba todo planeado y Lungin nos guía.

Fotograma de Luna Park - MiCinexin

El padre del joven, Naoum, está interpretado por Oleg Borisov, un conocido actor de la era soviética. Personaje y actor guardan similitudes biográficas. Su aspecto es totalmente opuesto al del hijo. Se define a sí mismo como el último romántico de la Era Brezhnev. Naoum es un músico de capa caída, borrachín, vive con un optimismo que consiste en reírse de todo o cabrearse con todos. Andrei, el hijo, se encariña con él, y eso hace que sus principios se desmoronen y que asuma su identidad. En un momento dado, el chico pide a un miembro de su banda que le pegue: «todo ha terminado. Soy judío». No sabe ya dónde queda la cultura rusa que, según como asegura una amiga (matriarca de la banda), es precisamente ésa, lo diverso, lo lioso.

Andrei no puede relacionarse, pasarlo bien o amar sin usar la violencia. Ahora tendrá que aprender a hacerlo, todo gracias a su padre. En un precioso final, Andrei saca una bandera blanca por la ventana de un tren que se aleja de Moscú por los bosques, a toda velocidad. Él y su padre se tronchan de risa. Descubren que se han equivocado… Pero han sido justos.

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Mikel Vivanko (Bilbao, 1974), es licenciado en Bellas Artes por la especialidad de Audiovisuales en la Universidad del País Vasco (EHU).

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