Los hermanos llegan al pueblo, estacionan su 4×4 a las afueras y agazapados, sin que nadie los vea, se deslizan y esconden en el callejón del huerto, que desemboca en la calle principal, calle que conocen muy bien, ya que es la misma donde ellos vivían. Como hemos dicho, conocen las costumbres de sus vecinos, saben que en pocas horas la mayoría de ellos se encontraran sentados o reunidos en las puertas de casa, intentando sofocar un poco el calor asfixiante que hizo durante el día, día que por cierto, estaba escogido de manera más que premeditada Por un lado, al ser el último fin de semana de agosto, el pueblo suele tener más habitantes de lo normal, y por otro, los Izquierdo evitan los días de frío, que provocan el agarrotamiento de las articulaciones e impiden que puedan disparar con soltura.
El comienzo
A las 22:30 de aquel 26 de agosto de 1990 se desata la locura, los Hermanos salen del callejón con sus escopetas del calibre 12 en sus ávidas manos de cazadores.
Calle de Puerto Hurraco. Imagen realizada por Triun Arts
Nada más salir de las penumbras, se encuentran con las tres menores de los Cabanillas, hijas de Antonio, que fue a quien Gerónimo intento asesinar cuando salió de prisión.
Encarnación y Antonia, de 13 y 14 años respectivamente, reciben un disparo certero que termina en el acto con sus vidas, María del Carmen, que era la mayor, también es tiroteada, pero logra sobrevivir haciéndose la muerta cuando cae al suelo entre sus hermanas. Manuel Cabanillas, de 57 años, que escucha las detonaciones, sale en auxilio de las chicas y al aproximarse recibe un tiro que lo mata. Su hijo Antonio, que salía tras él, al encontrarse la escena dantesca de los Izquierdo disparando a todo el que se acerca, intenta emprender la huida, lo que hace que los asesinos le disparen por la espalda. Estas lesiones no lo matarán, pero lo condenarán de por vida a vivir postrado en una silla de ruedas. Antonia Murillo, de 57 años, al ver lo ocurrido, corre para intentar auxiliar a las víctimas, pero es aniquilada de un disparo en la cabeza. Los hermanos continúan a caminar, armas en mano, calle abajo. En su procesión de muerte se topan con Isabel Carrillo, de 72 años, y Ángela Sánchez, de 42, que están en la puerta de casa tomando el fresco, ambas son tiroteadas. Ángela se repondrá de las heridas y logrará sobrevivir, pero Isabel, aunque llega con vida al hospital, fallecerá días después. Guillermo Ojeda, de solo 8 años, jugueteaba en la calle y tiene la mala suerte de cruzarse con los cazadores que, sin dudarlo, lo encañonan y disparan, recibiendo el impacto en la cabeza. Aunque no muere, le terminan provocando una hemiplejia. Su padre Antonio, al ver que su hijo es atacado, sale en su ayuda, pero recibe un impacto en el estómago, dejándolo malherido y provocando su muerte días después.
José Penco, un vecino de 43 años, traslada a varios vecinos al centro de salud más próximo y al volver para seguir evacuando a los heridos, es asesinado al volante de su vehículo.
Manuel Benítez, junto con su hermano Reinaldo y Araceli, montan en su coche e intentan huir de la masacre, pero en su intento de escapar son acribillados, él se agacha y consigue salvar su vida, pero su hermano y la chica mueren en el acto.
En poco más de media hora, causan la muerte de 9 personas y hieren a 14, 14 de los cuales, 2 de ellos, días después en el hospital, terminarían falleciendo.
Cuando los hermanos ponían rumbo para salir del pueblo por la calle Carrera, un patrullero de la guardia civil llega alertado por algunos vecinos, pero estos no se reprimen y descargan su ira también contra los agentes, a los cuales disparan y dejan gravemente heridos, sin darles tiempo si quiera a desenfundar sus armas.
Plano de Puerto Hurraco con las víctimas. Imagen realizada por Triun Arts
Retirada
Los Izquierdo dan por concluida la primera parte de su plan. Sin prisa, sin nervio y con la sensación de haber cumplido con su destino, cargan sus escopetas al hombro. En sus mentes piensan que han terminado con la vida de más de 20 personas.
Con la sensación de que han conseguido, al fin, impartir justicia, deciden poner rumbo al monte con la idea macabra de, en los próximos días, cuando el pueblo entierre y llore a sus muertos, cuando todos estén de velatorio, bajar de nuevo a Puerto Hurraco y sesgar la vida del mayor número posible de sus vecinos. La mente enferma, corrompida por el odio, el rencor y la ira de no solo los dos varones, si no de los 4, ha traído a tierras extremeñas, uno de los asesinatos múltiples más cruentos ocurridos en la historia moderna de nuestro país.
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