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Cuidado con hablar demasiado

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“Háblame”. Y, desde luego, que la gente le habló, y también le han escrito. La película australiana, producción independiente y ópera prima de Mark y Danny Philippou, ha revolucionado el terror cinematográfico de este año, siendo catalogada por algunos críticos como la mejor película de 2023 dentro de este género. Más allá de eso, lo que es seguro es que ha sido un éxito absoluto de taquilla (doblando su presupuesto en el primer fin de semana en EEUU). Vamos a ver si da tanto susto como dicen…

Mia (Sophie Wilde) es una adolescente que sufrió hace poco la pérdida de su madre y aún está pasando el duelo por esta muerte. En este proceso cuenta con la ayuda de su amiga Jade (Alexandra Jensen) y la familia de esta. Un día, en una fiesta en casa de su amiga Hayley, deciden pasar por el último reto viral del vecindario: una mano cortada que, según cuentan, perteneció a un médium y que cuando alguien la agarra y dice las palabras “Háblame” y “Te dejo entrar”, sufre un shock y entra en contacto con espíritus de fallecidos que pueden llegar a entrar en el cuerpo de estas personas, con los consiguientes problemas, lógicamente, que esto acarreará. Sobre esta premisa se desarrolla la película de los Philippou. Y la verdad es que a mí me funciona bastante bien. Plantea una historia original, una nueva versión moderna de la ouija, como si con un WhatsApp se pudiera conectar con el más allá (¿y no da miedo eso?), una trama made in 2023.

En lo que respecta a los actores, la mayoría son debutantes o tienen escasa experiencia (excepto Miranda Otto, que siempre será Éowyn). Hay que destacar su buen hacer y la forma en la que encarnan sus papeles, ya que incluso se puede llegar a empatizar a través de sus interpretaciones. Representan ciertos arquetipos de pelis de terror adolescente, pero consiguen darle una vuelta que eleva enormemente la factura de la película.

Desde el punto de vista cinematográfico, es de alabar la labor de los Philippou, quienes, gracias a un poso dramático muy potente (el drama de esa chica, pequeño no es), consiguen crear una atmósfera melancólica que multiplica el poder de los sustos y el terror más típico y efectista. Por último, mencionar la metáfora obvia (o no tanto, por eso la recalco) entre esos shocks sufridos al tocar la mano (parecidos, por lo que vemos, al que se puede sentir al consumir determinadas drogas) y los retos virales que se propagan por las redes, haciendo aquí los hermanos Philippou una crítica y a la vez un retrato de una generación a través del género del terror. A mí consiguen asustarme.

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